En un día cualquiera de un verano
cualquiera, yo te esperaba en casa a que llegases de trabajar. Al oír la llave
introduciéndose en la cerradura, me acerqué a la puerta y allí apareciste, con
una camiseta de esas que a ti te gustan, de las de cuello tan ancho que resbalan
sobre un hombro al descubierto, mostrando de forma sensual tu sostén, y dejando
a la imaginación lo que no se ve. Una negra falda larga, que se insinúa
transparente, ondea a tu alrededor por la corriente de aire que atraviesa la
puerta, y a la vez traslada tu fresco y dulce perfume hasta mí. Te completa tu
bolso, tu compañero inseparable fuera de casa y un pañuelo adornando tu
perfecto cuello, que llama incesantemente a mi boca casi a gritos para que se
acerque, como siempre… hay cosas que no se pueden cambiar.
En lo que parecieron unas décimas
de segundo te cogí del brazo, cerré la puerta y te arrojé contra la pared
dejando que tu bolso se perdiera por el camino. Te agarré con fuerza ambas
manos, inmovilizándote con una, y con la otra te sujetaba del pelo con firmeza
hasta estar detrás de ti, mientras apoyaba tu nuca sobre mi hombro sin soltarte.
Noté que estabas asustada, mirándome de reojo con respiración temblorosa y casi
tiritando, pidiéndome explicaciones sin si quiera poder articular palabra.
Antes de que pudieras reaccionar,
apoyé ligeramente mi nariz contra tu oído y con susurros insinué lo que iba a
pasar a continuación. Tu mirada y tu sonrisa picaresca acompañadas de algo que
no se si fue un suspiro o un leve gemido me lo dijeron todo. Solté tu pelo y me
llevé la mano a mi cinturón, a la vez que tus manos trataban de encontrar aquello
que querías, pero aún no había acabado contigo. Tú ibas a ser mi juguete esa
tarde.