Incesantes silbidos se metían en lo más profundo de su oído alcanzando los miedos más oscuros de su mente mientras cerraba los ojos con fuerza e intentaba salir de aquel infierno pensando en su esposa y sus hijos, imaginando abrazarlos cuando llegase a casa de nuevo.
Se escurría en aquella esquelética barca metálica, apretando, casi estrangulando a su inseparable amigo, el único que podría abrirle paso si lo usaba de la forma correcta, su rifle. Compañeros gritaban a su alrededor en el caos más absoluto, vomitaban en las lanchas por el mareo que les provocaban las olas que mecían su transporte, lloraban como niños arrinconados como ratas sin escapatoria, maldecían a los cuatro vientos mientras otros rezaban…
Aquellos valientes hombres sometidos a la presión de la muerte por un paso en falso exponían la más triste cara de un ser humano, el miedo en su máxima expresión. Esos silbidos de las balas pasando a escasos centímetros de sus cabezas eran lo más parecido al sonido de la guadaña de aquella que viste de negro. En aquella playa paseaba su ensangrentada hoz clavándola en la arena con la misma facilidad que se había cobrado aquellos cuerpos inertes que allí yacían. La única duda que les asaltaba a cada uno de aquellos muchachos era si aquel día mirarían al ángel de la muerte a la cara o si podrían pasar inadvertidos a aquella caza que se cernía en aquel rojo amanecer.
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jueves, 26 de junio de 2014
jueves, 24 de abril de 2014
Al llegar del trabajo
En un día cualquiera de un verano
cualquiera, yo te esperaba en casa a que llegases de trabajar. Al oír la llave
introduciéndose en la cerradura, me acerqué a la puerta y allí apareciste, con
una camiseta de esas que a ti te gustan, de las de cuello tan ancho que resbalan
sobre un hombro al descubierto, mostrando de forma sensual tu sostén, y dejando
a la imaginación lo que no se ve. Una negra falda larga, que se insinúa
transparente, ondea a tu alrededor por la corriente de aire que atraviesa la
puerta, y a la vez traslada tu fresco y dulce perfume hasta mí. Te completa tu
bolso, tu compañero inseparable fuera de casa y un pañuelo adornando tu
perfecto cuello, que llama incesantemente a mi boca casi a gritos para que se
acerque, como siempre… hay cosas que no se pueden cambiar.
En lo que parecieron unas décimas
de segundo te cogí del brazo, cerré la puerta y te arrojé contra la pared
dejando que tu bolso se perdiera por el camino. Te agarré con fuerza ambas
manos, inmovilizándote con una, y con la otra te sujetaba del pelo con firmeza
hasta estar detrás de ti, mientras apoyaba tu nuca sobre mi hombro sin soltarte.
Noté que estabas asustada, mirándome de reojo con respiración temblorosa y casi
tiritando, pidiéndome explicaciones sin si quiera poder articular palabra.
Antes de que pudieras reaccionar,
apoyé ligeramente mi nariz contra tu oído y con susurros insinué lo que iba a
pasar a continuación. Tu mirada y tu sonrisa picaresca acompañadas de algo que
no se si fue un suspiro o un leve gemido me lo dijeron todo. Solté tu pelo y me
llevé la mano a mi cinturón, a la vez que tus manos trataban de encontrar aquello
que querías, pero aún no había acabado contigo. Tú ibas a ser mi juguete esa
tarde.
jueves, 26 de diciembre de 2013
Chatarra
Él, como si de un obrero incombustible se tratase, buscaba entre miles de piezas que cualquiera de otra época tacharía de chatarra inservible. Por fin, lo que necesitaba, un recambio para aquel ojo dañado. No difícil de conseguir, pues tras las cuatro paredes de ese improvisado desguace, lo más común que poblaba aquella tierra ausente de vida, eran cuerpos inertes de máquinas de un pasado por el que ya nadie se interesa. Millones de máquinas idénticas que antaño trabajaron a su lado para eliminar los residuos que forman montañas artificiales. Hoy, él es el único que continúa con la tarea para la que fue diseñado.
Ella, un artefacto fabricado por la que podría ser una raza miles de años más avanzada en comparación con ese pequeño pedazo de chatarra oxidada, mira a su alrededor asombrada por lo que sus digitalizados ojos ven. De repente, un objeto poco común le llama su atención, un pequeño trozo de metal llamado Zippo por su escritura en la chapa que le recubre. Tras hacer funcionar aquella ruleta sin mucho más esfuerzo, acaba de crear fuego de la nada. Un regalo sólo adjudicado a los humanos que ya no están ahí. Como hipnotizada miró la llama durante aquellos segundos en los que el tiempo pareció ralentizarse.
Aquel trozo de metal con ojo nuevo quedó maravillado por lo que acababa de ocurrir. Miró la llama detenidamente pues nunca antes vio nada parecido. Deslizó su mirada hacia aquellos ojos azules que aún seguían fijados en aquella llama que bailaba al son de la brisa que se colaba por aquellas maltrechas paredes. Su cuerpo empezó a estremecerse como si de un cortocircuito se tratase, al tiempo en que intentaba agarrar con aquellas pezuñas de metal las pequeñas manos que parecían emerger de aquella pulida y perfecta creación.
Misión imposible.
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